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martes, 6 de diciembre de 2016

PERICO, CHARLIE Y LAS ILUSIONES PERDIDAS

  En el pueblo chico donde nació y se crió (¿Guane?, ¿Cruces?, ¿Calimete quizás?), a los Pedro le decían Perico, así que él fue un Perico más desde que tuvo uso de razón.
  En 1957, siendo un muchachón de 16 años, su viejo aprovechó una oportunidad de trabajo que se le presentó en La Habana y cargó con toda la familia para la capital.

  Cuando el 8 de enero del 59, la caravana triunfante de Quientúsabes abandonó el Malecón y subió por La Rampa, Perico lo recibió encaramado en la baranda del pasillo exterior de Radiocentro, agitando una banderita cubana y dando gritos. Y cuando el jeep del máximo líder pasó, él le cayó atrás y fue uno más en la exultante multitud que no paró hasta el campamento de Columbia.
  - Yo vi cuando la paloma se le posó en el hombro, yo estaba allí –contaba él, emocionado, una y otra vez durante muchos años.


  La revolución llegó para darle a todos los cubanos, sobre todo a los humildes, el futuro luminoso que se merecían. Eso sí, todo el pueblo tenía que poner su granito de arena, hacer sacrificios y echar palante, porque los futuros luminosos ni se regalan ni se venden en las bodegas sino que hay que ganárselos con esfuerzo y abnegación. Así que Perico, pertrechado con las ideas que proclamaban los dirigentes del inmortal partido que nunca morirá, se integró, hizo guardias, muchas, y trabajo voluntario, mucho, y estuvo al pie del cañón. Tan revolucionario como el que más.
  Una de las emociones más fuertes de su vida fue saber que el Che había muerto en combate allá en Bolivia. Hasta la victoria siempre, Comandante, lloró Perico aquella triste noche en la Plaza.

  Hay que aclarar que desde los primeros tiempos del proceso, aunque se mantuvo firme en sus convicciones, él empezó a ver cosas que no le gustaron. Sobre todo que no todos éramos iguales, que había algunos que eran más iguales que otros. Pero, bueno, ésa es otra historia.

  Empezaba agosto de 1964. Nuestro hombre abrió el periódico se topó con un gran titular. En la información se leía, más o menos, que el cruel y sanguinario imperialismo yanqui había atacado con alevosía al pueblo hermano de Vietnam. A partir de entonces, cada día, los pobres vietnamitas y el pobre Perico sufrieron los bombardeos más grandes que alguien se pudo imaginar. Ellos, con metralla real y cantidades industriales de napalm. Él, con noticias, fotos, reportajes, comentarios, discursos, canciones de la nueva trova y lo que colgaba.
  A la orden del día estaban las imágenes de vietnamitas muertos y heridos, de la gente viviendo bajo tierra en kilométricos refugios, comiendo raíces y soportando todo tipo de agresiones y privaciones.

  Un grupo de jóvenes habían venido desde Hanoi para estudiar en Cuba, a prepararse para levantar a su país después de la victoria. Perico entró en contacto con ellos y quedó maravillado con su espíritu de sacrificio y sus buenos modales. “No son como nosotros. Parecen gente de otro mundo”, pensaba.

  La televisión cubana echó un documental sobre Ho Chi Minh, un viejito austero que además de presidente era poeta, que había rechazado todo privilegio y vivía, en condiciones precarias, en una choza. Cuando terminó de verlo, Perico comentó con su mujer las diferencias que había entre aquel chinito casi insignificante que dirigía una titánica lucha contra el imperio más poderoso de la tierra y los dirigentes criollos que gozaban la dulce vida. A Perico no le salían las cuentas.

  Los heroicos combatientes del norte y del sur de la península indochina que, en interminable guerra patriótica, habían derrotado primero a los franceses y ahora luchaban contra los americanos, se convirtieron para Perico en la referencia a la que aferrarse, la que ya no tenía en casa.
  En su cerebro adoctrinado, Vietnam era lo máximo. El ejemplo. El paradigma.

  En el CDR de su cuadra repartieron unos retratos de Ho Chi Minh, él enmarcó uno y lo colgó en la sala.
  - Eh, ¿y eso? –le preguntó su hijo mayor.
  - Para mí, ese señor que tú ves ahí es un mito –respondió-. Todo hombre, para vivir, necesita mitos.

  Cuando se enteró de que los despreciables soldados americanos, asesinos fumadores de marihuana, llamaban despectivamente “Charlie” a los indomables y valientes combatientes vietnamitas, Perico, como muestra de su admiración y respeto por aquellos que se partían la vida por la revolución mundial, aprovechó que había cambiado de centro de trabajo y le dijo a sus nuevos compañeros que a él le decían Charlie. Y Charlie paquí, Charlie pallá, así fue llamado desde entonces. ¡Y cómo le gustaba eso a él!

  Un día de abril de 1975, los últimos imperialistas que quedaban en Saigón, se metieron su prepotencia por el culo, se montaron en un helicóptero y salieron huyendo, derrotados y humillados por un pueblo pobrísimo que se creció hasta las más grandes alturas del sacrificio humano.

  - No, si es lo que yo siempre he dicho. Que los futuros luminosos ni los regalan ni los venden en las bodegas -aseveró él mientras se chupaba unas naranjas que le habían tocado por la libreta.
  A medida que fue pasando el tiempo, el Granma, la radio y la tele, dejaron de hablar de nuestros queridos hermanos vietnamitas. Sobre todo desde mediados de los 80, cuando el socialismo empezó a irse a la mierda y los rumbos de nuestros dos países se fueron separando, cada uno por su lao. Entonces, a los mayimbes cubanos no les convino seguir poniendo al indochino como modelo a seguir. Cuba era Cuba, el último bastión en la lucha mundial contra bla bla bla y Vietnam se había ido convirtiendo en un país capitalista con economía de mercado. Sistemáticamente se ocultaban sus logros y avances, su crecimiento de 8% anual y la notable elevación del nivel de vida de sus habitantes que triunfaban levantando una nación que el conflicto dejó en ruinas.
  En el Canal 6 ya no echaban reportajes como los de antes. En 1990, Perico vio unas imágenes que mostraban a turistas yanquis pagando 5 dólares por cabeza para recorrer los túneles construidos por los vietnamitas durante la guerra. “Qué falta de respeto por la historia gloriosa, por los muertos”, comentaba el narrador del video.

  Han pasado muchos años. Pedro, quien salió pitando de aquello y vive afuera desde hace dos décadas, hace tiempo que ha vuelto a ser Perico. Ya nadie le llama por el nombrete que se inventó aunque él sigue considerándose un Charlie.

  De vez en cuando abre una gaveta donde guarda cosas personales y mira el retrato de Ho Chi Minh que, al dejar atrás La Habana, trajo en su maleta, oculto entre su ropa y sus ilusiones perdidas.

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